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sábado, 15 de agosto de 2009

Colores. Capítulo 2.1

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Capítulo 2.- El ángel de piel marrón

Una tímida ráfaga de aire que transportaba aquel dulce y alegre cantar que nacía en las ramas de los árboles, llegó hasta Miguel y lo despertó a primera hora de la mañana.
Se sentía desorientado, no sabía donde estaba. Segundo a segundo, y a medida que la espesura de su mente iba flaqueando, conseguía ubicarse en aquel espacio al que aún no estaba acostumbrado. Se restregó los ojos e intentó incorporarse, pero los brazos de Daniel lo tenían bien sujeto a la cama. Se escapó reptando y moviendo las extremidades de su hijo lo mínimo posible, y aunque se movió suspiró, y pronunció un par de palabras inentendibles, no se despertó. Los dejaría dormir un poco mas, era demasiado temprano.
Preparó café, se sirvió una taza y se fue al porche a tomarla. En la otra mano sujetaba un cigarrillo encendido, medio consumido, y con el rastro de su cuerpo hecho cenizas aferrándose a las pequeñas ascuas para no caer; y enfrente, solo estaba la realidad, y sonrió como hacía tiempo que no hacía, y por mucho que pensara, no recordaba cuando lo había hecho por última vez.
Aquella realidad situada en medio de cualquier parte era un secreto que seguramente todo el mundo pagaría por conocer, y tal vez eso era lo que le hacía más especial aún si cabe, que nadie lo supiera, era un método de supervivencia, de conservación, era luchar, y hacer difícilmente inaccesible la mano destructora del hombre, que arrasaba como había hecho con todo lo que estaba a su alcance, era su naturaleza. –Nos verá inofensivos- pensó Miguel.
Enfrente, había un bosque repleto de diferentes clases de árboles, pinos, robles, nogales y olivos entre otros. Era tanta la altura de alguno de esos árboles, que rebasaban el centenario con creces, que las copas de aquellos gigantes parecían llegar a acariciar el cielo. Entre ellos, cerca de la cabaña, debía pasar un río, pues aunque el día anterior no lo percibió, ahora si que escuchaba como el agua vivaracha jugueteaba entre las rocas, saltaba y se reía, y como, aunque solo fueran unos insignificantes kilómetros de vida en solitario, conseguía ser libre y feliz.
En la parte interior de los dedos índice y corazón de su mano comenzaba a sentir el calorcillo de aquellas pequeñas ascuas al aproximarse, apagó el cigarro en un cuenco de madera que ya se encontraba en el porche antes de que llegaran. Miró el interior del paquete, le quedaba solo dos cigarrillos.-Voy a dejar de fumar- se dijo para convencerse a sí mismo. El sitio invitaba ha hacerlo, a no quebrantar ni lo más mínimo la armonía que allí reinaba.
Se puso de pie, y rodeó la cabaña, encontró un enorme tendedero a medio camino, estaba oxidado, y no tenía cuerdas. Lo añadió a la lista mental de tareas a realizar.
Dió un paso, quería ir más allá y descubrir lo que había detrás de la cabaña, pero solo pudo dar ese único paso antes que los gritos y los llantos de sus hijos traspasaran las paredes de madera. Suspiró, era su forma de relajarse, de evitar que la situación le sobrepasara y perder los nervios.- ¿Armonía? Prepárate, que han llegado los gemelos Guzmán- pronunció en alto
Abrió la puerta, y el tiempo allí dentro se detuvo en seco, no se oía ni una sola respiración, ni tan solo se veía el movimiento de un simple pestañeo, solo dos niños inmóviles en una de las camas, uno con el pie del otro aplastándole la cara, y el otro con los dedos del primero halándole de los agujeros de la nariz.

-¡A la cocina! ¡Ya!- Alzó la voz devolviendo todo a su curso natural. El dedo índice estaba en alto, señalando la dirección de la cocina. Nunca había entendido eso – pensó- como si los niños no supieran donde estaba el lugar al que se referían sus padres, que estos tenían que indicarles con el dedo; ellos sabían que les iba a caer una buena reprimenda, que sus padre estaban cabreados, entonces en estos casos actúa ese mecanismo de alerta que solo tienen los niños, aunque alguno haga caso omiso, y se volverían tan listos y avispados como cualquier adulto. Son caparse de darse cuenta que han hecho mal. Aunque luego, en otras ocasiones, hayan aprendido que diciendo eso suavizan el asunto a tratar.
Seguía aquellos pequeños pies descalzos por el largo pasillo cuando comenzó a escuchar los susurros de sus hijos, susurros que ellos debían pensar que no eran lo suficientemente alto para ello
-Te las vas a cargar, llorona- chinchaba Marcos
-¿Yo?, Si yo no he hecho nada- respondió- has sido tú el que me has molestado cuando estaba dormido. Menos mal que papá lo sabe
-¿El que sabe?-preguntó
-Que eres una mosca cojonera-sonrió
-Tu si que eres una mosca de esas, llorona
-Yo no he llorado, has sido tú que mas clavado la pedazo de uña esa que tienes en el ojo, y me has hecho un diminuto agujero por el que se escapan las lágrimas.- Miguel esbozó un sonrisa
-Eres un flipado, yo no he hecho ningún “abujero”, y tú me has estirado de la nariz para que me parezca al nuevo novio de mamá
-Se dice agujero, inculto
-Pues no que se dice “abujero”
-¿Se lo preguntamos a papá?
-Vale, pero como yo tenga razón te llevas una colleja-Se dieron la vuelta al mismo tiempo, pero su padre ya no estaba detrás de ellos. Miguel se había introducido en la primera puerta que había encontrado, y allí acuclillado, reía a carcajadas.






Continuará...

domingo, 2 de agosto de 2009

Colores.- Capítulo 1

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Capítulo 1.- Alrededor de los campos de flores doradas

-Papá, ¿Falta mucho para llegar?- preguntó Marcos por centésima vez.
Miguel resopló, miró por el espejo retrovisor interior, detrás tenía a sus dos hijos gemelos Marcos y Daniel peleándose, hacía dos años que se había separado, y le tocaba el mes de vacaciones que le pertenecía estar con sus hijos. Hacía mucho calor, el sistema del aire acondicionado, quien sabe porqué, había dejado de funcionar, y aunque todas las ventanas del vehículo estaban abiertas, Miguel estaba empapado de sudor.
-Ya os he dicho que estamos a punto de llegar- contestó- queda muy poco, y dejar ya de pelearos.
-Es que siempre dices lo mismo-objetó Daniel- llevamos horas y horas y solamente veo campos de flores doradas y yo ya estoy aburrido.
-Hijo, eso son campos de trigo, y están apunto de segarlos, con eso se hace el pan, la harina…- le explicó para intentar que estuviera entretenido mirando como las escasas ráfagas del viento movía las espigas en su dirección, no lo consiguió
Un potente sol se desplazaba a su antojo por el cielo, las horas pasaban y aún no habían llegado, los niños, excepto el rato que se quedaron dormidos, estaban revolucionados, Miguel estaba apunto de perder los nervios, cogió un cigarrillo de la cajetilla de Marlboro que tenía en el asiento del copiloto, se lo llevó a la boca, y con el mechero del coche lo prendió. Con cada calada, cierto era que tintaba de negro sus pulmones, pero también lo calmaba.
Finalmente y después de pasar por caminos de tierra que serpenteaban entre bosques algo siniestros, de otra tanda de ¿Cuándo llegamos?, y de algún que otro cigarro que ya permanecía aplastado en el cenicero, llegaron. El lugar era espectacularmente hermoso se dijo Miguel, mucho más de lo que nunca hubiera imaginado, mucho más de lo que hubiera percibido de los cuentos que su abuelo le narraba a pie de cama, y que al cabo de los años, al borde de la muerte, hace apenas un par de semanas, lo sorprendió cuando le susurró al oído, que aquellos cuentos en realidad era un lugar existente, un secreto que después de que falleciese, solo él conocería. Al principio no le creyó, pero tenía que hacerlo, se lo debía, necesitaba creer que aquello era cierto.
Miró todo lo que ante él se mostraba, maravillado, pero tenía claro que a sus hijos todo aquello les iba a desagradar, no había nada al alrededor, solo belleza, algo que dudaba que sus hijos, a su edad, supieran apreciar
-¿Papá donde nos has traído?- susurró decepcionado Daniel. No contestó, tampoco le dió tiempo ha hacerlo, sus hijos se encontraban ya a algunos metros, sentados sobre una enorme piedra, con la cara apoyada en sus manos lanzando bufidos de aburrimiento.
Miguel cogió las maletas, cerró el coche y comenzó a andar hacía su nuevo hogar, posiblemente, ante la cara de sus hijos, se quedarían hasta mañana, aunque él había previsto que se quedaran todo el mes.

Un conjunto de colores violáceos y rosados, que le daban al cielo un atardecer insólito, era el último vestigio de la luz del sol. Apenas se podía ver con esa poca claridad todo lo que había alrededor, como tampoco, como era el exterior de la cabaña de madera. Posiblemente, si nada cambiaba, tendría tiempo para hacerlo.
La puerta de madera chirrió, la había abierto con la llave, que como ya sabía de ante mano por aquellas historias que el anciano le narró, se encontraba en el porche, debajo del tercer tablón comenzando por la derecha Tanteó a oscuras la pared intentando encontrar el interruptor, lo presionó, y aunque le costó despertar, poco a poco la luz le comenzó a comer terreno a la oscuridad. Cierto era que la casa tenía un ligero tufillo a humedad, que había polvo, y telarañas por todas partes, que tendría mucho que limpiar y que arreglar, pero a Miguel aquella cabaña le fascinaba. Todo aquello lo hacía.
Los niños estaban agotados del viaje, y ya cabeceaban de sueño, pero Miguel no les dejó irse a dormir por dos motivos, el primero era que no habían cenado, y el segundo que las habitaciones en las que dormirían olían, a pesar de que había abierto puertas y ventanas, todavía más a humedad, y todo estaba cubierto por el polvo.
La cena la hizo Miguel, pero sus hijos le ayudaron en todo lo que pudieron. Miguel había traído algunas cosas para cenar esa noche, y desayunar al día siguiente, luego, a media mañana, iría a buscar una tienda cercana, aunque lo más cercano seguramente estaría a unos cuantos kilómetros según lo visto, y comprar previsiones para todo el mes.
Miguel dejó su cena para después, y mientras sus hijos lo hacían, y seguían ladeando la cabeza de lado a lado, comenzó a dejar lo más limpio que podía la primera habitación, justamente la única de las tres que tenía dos camas individuales; la ventiló, quitó el polvo, la barrió y la fregó, cambió aquellas sabanas viejas por unas que el había traído, y cuando volvió, sus hijos ya se habían dormido con las cabezas apoyadas en la mesa, se lo habían comido todo antes de hacerlo. Cogió a cada uno con un brazo, ya se habían echo muy grandes, y pesaban cada uno lo suyo, estaban apunto de cumplir diez años. Los dejó delicadamente a cada uno en una cama, y les besó en la frente; sigilosamente con pasos cortos salió de la habitación, dejó la puerta entreabierta para que no les molestase la luz, ni para que tampoco tuvieran nada cerrado.
Cogió una cerveza y se sentó en la mesa, y aunque estaba muy caliente se la fue bebiendo mientras cenaba.

Toda su vida se había comenzado a desmoronar desde hacía casi dos años, y nada tenía que ver con Victoria, su esposa, divorciarse fue la mejor decisión que tomó, todo pasó después de aquello, cuando decidió que se merecía volver a vivir, lo curioso era que hasta que no había pisado este lugar secreto no había comenzado a respirar realmente.
Los ojos se le iban cerrando, tenía el cuerpo debilitado y dolorido después de haber conducido tantas horas, pero no había tenido más tiempo para limpiar al menos una habitación mas, sus hijos se despertarían si lo hiciera ahora. Limpió un poco como pudo el pequeño sofá, y estiró por encima unas sabanas, se durmió con las piernas encogidas Un poco más tarde un ligero contacto le despertó, era su hijo Daniel
-¿Papá?-susurró
-Dime, cariño, ¿que pasa?
-Vente a dormir conmigo, que aquí todavía huele muy mal
Miguel lo siguió hasta su nueva habitación, se estiró con él en la cama, y rápidamente se quedaron dormidos. Daniel abrazado por su padre. Marcos ni se enteró.


Final Capítulo 1

jueves, 23 de julio de 2009

Colores- Prólogo



-Prólogo-

Hay momentos en la vida que todo se vuelve cuesta arriba, que descubres que las manos que esperabas que te ayudaran no están y en cambio desde allí, desde aquella situación privilegiada que supone estar en lo alto de la cuesta, te tiran piedras que obstaculizan el ascenso a tan difícil paraje.
Son esos momentos en los que pierdes toda perspectiva, que ante tus ojos se abre, como siempre, todo, pero que tú, solamente ves la nada. Donde pierdes la identidad, la claridad, el paso, los sueños, la respiración… Donde todo es oscuro y allí en tus propias tinieblas recibes palos por todos lados sin saber de donde vienen, que te vuelven a tirar para abajo, como si fueras absorbido simplemente por la gravedad, y dejas de confiar de todo lo que hay a tu alrededor, hasta de tu propia sombra, hasta de ti.... Y lloras, y recuerdas, nunca dejas de hacerlo...
Donde dejas de volar porque te quedaste sin alas. ¿Donde las perdiste? o ¿Quien te las cortó?
Y llega un momento en que estas apunto de perderte en tu lado oculto, de reventar, donde es tanto el peso que estas apunto de abandonar y lanzarte de cabeza a la locura, pero quiero escapar de la prisión, de cadenas que encadenan mi alma, y cojo el coche, y me echo hacía la carretera, no sé cuando volveré, ni tampoco donde llegaré, solo sé que necesito hacerlo.
Y conduzco toda la noche por lugares desconocidos, hace un par de horas que me metí entre caminos de tierra que bordean bosques siniestros, y llega el momento en el que el cansancio me acaricia, y tengo que detenerme en ese lugar.
Y desperté, y conocí el lugar, en cada una de sus diferentes facetas horarias. Y existe un lugar, desde donde se pueden vislumbrar los más asombrosos crepúsculos y las más bellas alboradas como seguramente no se pueda hacer en ninguna parte del planeta, un juego de luces y sombras único e irrepetible cada día, que hechizaban más si cabe el lugar.
Dentro de esa burbuja de magnificencia, que abstrae la zona de todo lo demás, se encuentran dos cabañas de madera, una alejada de la otra por medio kilómetro aproximadamente, y donde una, la más cercana a mí, situada en la parte alta de la ladera de una colina, permanece rodeada de un espectacular jardín repleto de azucenas y lirios, donde cada tarde una ligera brisa se pasea por allí ha juguetear entre las flores.
Donde el frío y el calor, dominadores absolutos y alternos en cualquier lugar, se sienten impotentes al no poder acceder a ese rinconcito que se les resiste, un hogar donde desde hace mucho tiempo se comenzó a escribir una historia.
Y los días se hicieron noche, y a la inversa, y cuando habían pasado tres días, alguien golpeó una luna del coche que me hizo despertar, y observé una mirada tímida que procedía de unos ojos almendrados y negros, aquel niño mulato y hermoso que prestaba atención a cada uno de mis movimientos aguardó plantado allí hasta que me decidí a bajar la ventanilla.
-Bienvenido a tu lugar- susurro- pero ahora deberás guardarme el secreto
-¿Qué secreto?- pregunté algo escéptico
-Todo esto es un secreto, todo lo que tus ojos vean, lo que tus oídos escuchen, lo que toques, solo puede permanecer en tus recuerdos, no puedes contar nada a nadie, nunca, ni siquiera el lugar en el que se oculta.
-Ni siquiera sé donde estoy- objeté
-Claro que sabes donde estás, si no, no podrías haber llegado hasta aquí, tu lugar no es el que eliges, es hacía donde te guía tu corazón –sonreí sin entender apenas de lo que me hablaba- Voy a llamar a mi mamá, espera un momento aquí
Final Prólogo

miércoles, 15 de julio de 2009

Seguimiento Colores

Puedes encontrar todos los capítulos de Colores aquí, por sí te has perdido alguno:


-Prólogo-
-Capítulo 1.- Alrededor de los campos de flores doradas-
-Capítulo 2..- El ángel de piel marrón
1ª Parte