miércoles, 5 de agosto de 2009

Plumas de Fuego -Prólogo- (4ª Parte)

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Al terminar el camino, una enorme puerta de madera vieja, llena de muescas y con varias zonas de color rojo mortecino que alguien comenzó a pintar y por alguna razón no terminó, se mostró ante nosotros, plantada en medio de la nada. Empujé delicadamente el trozo de madera que colgaba de un único gozne corroído y oxidado por si alguna razón cedía, que era lo más probable, no me cayese encima, detrás aparecieron unas majestuosas escaleras de piedra caliza blanca que conducían hasta la puerta principal del edificio. Las vistas desde donde me encontraba habían cambiado por completo, todo era realmente soberbio, o eso era lo que parecía a simple vista. El edificio era enorme, su longitud debía ser aproximadamente de unos sesenta metros, y de ocho pisos de altura. Toda la fachada estaba pintada de color blanco hueso excepto los marcos de los enormes ventanales, cinco por planta en esa cara ante la cual yo me encontraba, que eran verdosos, y en cuyo saliente habían varias macetas con flores azules y malvas. Desde los ventanales se observaban cortinajes marrones que ocultaban el interior.
Subí las escaleras al completo aún siguiendo los pasos del guardia. Un enorme portón de hierro reforzado hacía infranqueable la entrada. Dos nuevos guardias la custodiaban.
-Aquí tenéis al chico- informó antes de bostezar el guardia al que había perseguido desde el inicio.
-Venga chaval, espabila que no tenemos todo el día- exclamó un guardia anciano antes de volver a repetir la misma acción a su homólogo, de nuevo mucho más joven, al igual que había sucedido con el par que salvaguardaba la entrada
-Acompáñame ¿Kiar?- pronunció el joven guardia, un chico tímido y bastante distraído que debía tener más o menos mi edad
-Si, Kiar, ¿Y tú?
-Déjate de flirteos y romanticismos y andando- me abroncó el viejo
El joven vigilante abrió, y cerró después, con enorme esfuerzo, uno de los dos enormes y pesados portones. La sala que se ocultaba detrás, era espaciosa. Varias macetones repletos de lirios blancos le daba sobriedad al espacio donde varias obras de arte de diferentes estilos y épocas tenían allí un rinconcito. Había desde esculturas, mesas y sillas antiquísimas, diversos y extraños artilugios, armas, hasta cuadros de presumiblemente grandes genios que por mucho que observaba no era capaz de reconocer. Varias puertas, además de dos escaleras, una que ascendía y otra a la inversa, daban continuidad a la estancia. Me sorprendió mucho, y a la par me asustó, encontrar una escalera que bajará al subsuelo. No tuve valor a preguntárselo al guardia, pero podría ser un almacén o una bodega.
Lo dejé pasar y seguí observando lo que se mostraba ante mis ojos, y aunque hubiese preferido una visita guiada, el nervioso novato no estaba por la labor de perder tiempo en cada sala y provocar la ira de su compañero.
-Sígueme Kiar- comentó apaciblemente al abrir una nueva puerta más, la que estaba en el lado izquierdo- Por cierto- dirigió la mirada a ambos lados- me llamo Ethan- añadió mientras me acercaba una mano
-Un placer Ethan- le saludé estrechando mi mano con la suya. Ambos sonreímos.
Al traspasar la puerta, un pasillo ahogado, angosto, y atestado de un fortísimo olor a humedad me arrojó de nuevo a las tinieblas del edificio. En el techo, un par de fluorescentes, que emitían una luz azulina, colgaban de unas pequeñas cadenas de hierro llenas de óxido que estaban a punto de ceder, y alrededor varias moscas y mosquitos revoloteaban incordiando lo máximo posible. Aquel pasillo se me hizo eterno, pero finalmente conseguí llegar al final, donde una lámina de chapa sujeta a la pared por varios alambres hacía las veces de puerta.
El edificio en el que me encontraba, era considerado como una de las insignias del país. Siempre lo había imaginado impresionante y hermosísimo, por lo que la decepción me azotó a escasos centímetros de entrar a aquel diminuto y asfixiante pasillo, aún así, no sé porque razón, presentía que lo peor aún no había llegado, y no me equivoqué…
Un aire putrefacto dominaba la habitación, y no cesó en el intento hasta que se introdujo en mi cuerpo. Olía a un concentrado de miles de heces mezclado con la sangre de un millar de vidas. Realmente era el olor más inmundo que nunca antes había olido. Rápidamente me subí la camiseta hasta la nariz, y me tapé esta con la mano, y aún así lograba aquel aire viciado lograba filtrarse. Por suerte, la siguiente puerta solo se encontraba a escasos metros.
En aquel mismo momento en que Ethan cerró la puerta aprisionando el hedor, y yo cogía aire, varias luces destellantes acompañadas de un ensordecedor sonido intermitente quebraron el silencio y la oscuridad. El semblante de Ethan cambió por completo, se mostraba mucho más agresivo, decidido y avispado.
-¡Sígueme!- ordenó un autoritario y sorprendente Ethan- Ante cualquier indicio de huida, agresión, o incumplimiento de lo que te ordene, me veré obligado a utilizar la fuerza para evitarlo
-De acuerdo, pero ¿Qué sucede?- pregunté preocupado, pero no recibí respuesta, ni siquiera me miró, incluso podía asegurar, casi sin riesgo a equivocarme, que no pestañeó durante todo el recorrido hasta una sala blanca, en su interior solo había un par de sillas y una mesa de plástico. Ethan me dejó allí, y salió corriendo encerrándome en aquellas tres paredes, donde la cuarta era una cristalera reforzada que me permitía vislumbrar lo que ocurría en el pasillo.
Poco después de las idas y venidas de varios guardias por aquel pasillo, cinco de ellos entraron en la misma sala en la que yo estaba aprisionado con sus metralles y se colocaron formando una semicircunferencia delante de mí. Me estaba dando cuenta de que había algo raro y delicado en todo lo que ocurría. Tenía cada vez más miedo, y nadie quería decirme nada, pero lo que sí sabía es que todo estaba relacionado conmigo.
Así, con las gotas de un sudor frío resbalando por mi piel, pasé las siguientes dos horas hasta que el ruido y las luces se disiparon, y pude volver a respirar tranquilamente, pero aunque sonreí y me levanté del asiento, ninguno de los cinco guardias movió un solo músculo. Volví a sentarme en mi asiento.
Perdí la noción del tiempo, pero más que por rapidez por lentitud. En los pasillos reinaba el silencio. Los guardias seguían en la misma postura, y yo, que me movía por toda la sala, me aburría enormemente. El sueño comenzaba a abrazarme cuando ocurrió lo que todo el mundo estaba esperando, algo interesante.
Una persona apareció por el lado derecho de la cristalera, debía ser un infiltrado por sus ropas y por el jaleo que había organizado; se giró y observó velozmente que la sala estaba invadida por un grupo de guardias sentados en unas sillas y por mí.
Los guardias se levantaron de un salto y salieron en su búsqueda, este echó a correr, llevaba algo en brazos, pero de repente se detuvo, giró lentamente la cabeza y comenzó a sonreír mientras un buen puñado de lágrimas se liberaban de la cárcel de sus ojos. Agudicé la vista ¿Quiera era ese hombre? No, no podía ser él, me dije, era Swen. Mi mandíbula desencajada era el colofón final a mi expresión anonadada. A Swen aún le dió tiempo para apoyar su mano en la cristalera, mostrándome lo que protegía entre sus brazos, era un bebé, y a gesticularme con los labios, con claridad, “Kiar, te quiero mi vida”, lo demás fue demasiado rápido.
Él, corriendo con el bebé, los guardias, descargando toda la munición a diestro y siniestro, y yo repitiendo, y a la vez asumiendo, una y otra vez el suceso, y aunque no conseguía descifrar lo ocurrido, comprendía que la situación era extremadamente peligrosa, Swen y el bebé que acunaba en sus brazos estaban en peligro, posiblemente yo también lo estaba


CONTINUARÁ...





domingo, 2 de agosto de 2009

Colores.- Capítulo 1

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Capítulo 1.- Alrededor de los campos de flores doradas

-Papá, ¿Falta mucho para llegar?- preguntó Marcos por centésima vez.
Miguel resopló, miró por el espejo retrovisor interior, detrás tenía a sus dos hijos gemelos Marcos y Daniel peleándose, hacía dos años que se había separado, y le tocaba el mes de vacaciones que le pertenecía estar con sus hijos. Hacía mucho calor, el sistema del aire acondicionado, quien sabe porqué, había dejado de funcionar, y aunque todas las ventanas del vehículo estaban abiertas, Miguel estaba empapado de sudor.
-Ya os he dicho que estamos a punto de llegar- contestó- queda muy poco, y dejar ya de pelearos.
-Es que siempre dices lo mismo-objetó Daniel- llevamos horas y horas y solamente veo campos de flores doradas y yo ya estoy aburrido.
-Hijo, eso son campos de trigo, y están apunto de segarlos, con eso se hace el pan, la harina…- le explicó para intentar que estuviera entretenido mirando como las escasas ráfagas del viento movía las espigas en su dirección, no lo consiguió
Un potente sol se desplazaba a su antojo por el cielo, las horas pasaban y aún no habían llegado, los niños, excepto el rato que se quedaron dormidos, estaban revolucionados, Miguel estaba apunto de perder los nervios, cogió un cigarrillo de la cajetilla de Marlboro que tenía en el asiento del copiloto, se lo llevó a la boca, y con el mechero del coche lo prendió. Con cada calada, cierto era que tintaba de negro sus pulmones, pero también lo calmaba.
Finalmente y después de pasar por caminos de tierra que serpenteaban entre bosques algo siniestros, de otra tanda de ¿Cuándo llegamos?, y de algún que otro cigarro que ya permanecía aplastado en el cenicero, llegaron. El lugar era espectacularmente hermoso se dijo Miguel, mucho más de lo que nunca hubiera imaginado, mucho más de lo que hubiera percibido de los cuentos que su abuelo le narraba a pie de cama, y que al cabo de los años, al borde de la muerte, hace apenas un par de semanas, lo sorprendió cuando le susurró al oído, que aquellos cuentos en realidad era un lugar existente, un secreto que después de que falleciese, solo él conocería. Al principio no le creyó, pero tenía que hacerlo, se lo debía, necesitaba creer que aquello era cierto.
Miró todo lo que ante él se mostraba, maravillado, pero tenía claro que a sus hijos todo aquello les iba a desagradar, no había nada al alrededor, solo belleza, algo que dudaba que sus hijos, a su edad, supieran apreciar
-¿Papá donde nos has traído?- susurró decepcionado Daniel. No contestó, tampoco le dió tiempo ha hacerlo, sus hijos se encontraban ya a algunos metros, sentados sobre una enorme piedra, con la cara apoyada en sus manos lanzando bufidos de aburrimiento.
Miguel cogió las maletas, cerró el coche y comenzó a andar hacía su nuevo hogar, posiblemente, ante la cara de sus hijos, se quedarían hasta mañana, aunque él había previsto que se quedaran todo el mes.

Un conjunto de colores violáceos y rosados, que le daban al cielo un atardecer insólito, era el último vestigio de la luz del sol. Apenas se podía ver con esa poca claridad todo lo que había alrededor, como tampoco, como era el exterior de la cabaña de madera. Posiblemente, si nada cambiaba, tendría tiempo para hacerlo.
La puerta de madera chirrió, la había abierto con la llave, que como ya sabía de ante mano por aquellas historias que el anciano le narró, se encontraba en el porche, debajo del tercer tablón comenzando por la derecha Tanteó a oscuras la pared intentando encontrar el interruptor, lo presionó, y aunque le costó despertar, poco a poco la luz le comenzó a comer terreno a la oscuridad. Cierto era que la casa tenía un ligero tufillo a humedad, que había polvo, y telarañas por todas partes, que tendría mucho que limpiar y que arreglar, pero a Miguel aquella cabaña le fascinaba. Todo aquello lo hacía.
Los niños estaban agotados del viaje, y ya cabeceaban de sueño, pero Miguel no les dejó irse a dormir por dos motivos, el primero era que no habían cenado, y el segundo que las habitaciones en las que dormirían olían, a pesar de que había abierto puertas y ventanas, todavía más a humedad, y todo estaba cubierto por el polvo.
La cena la hizo Miguel, pero sus hijos le ayudaron en todo lo que pudieron. Miguel había traído algunas cosas para cenar esa noche, y desayunar al día siguiente, luego, a media mañana, iría a buscar una tienda cercana, aunque lo más cercano seguramente estaría a unos cuantos kilómetros según lo visto, y comprar previsiones para todo el mes.
Miguel dejó su cena para después, y mientras sus hijos lo hacían, y seguían ladeando la cabeza de lado a lado, comenzó a dejar lo más limpio que podía la primera habitación, justamente la única de las tres que tenía dos camas individuales; la ventiló, quitó el polvo, la barrió y la fregó, cambió aquellas sabanas viejas por unas que el había traído, y cuando volvió, sus hijos ya se habían dormido con las cabezas apoyadas en la mesa, se lo habían comido todo antes de hacerlo. Cogió a cada uno con un brazo, ya se habían echo muy grandes, y pesaban cada uno lo suyo, estaban apunto de cumplir diez años. Los dejó delicadamente a cada uno en una cama, y les besó en la frente; sigilosamente con pasos cortos salió de la habitación, dejó la puerta entreabierta para que no les molestase la luz, ni para que tampoco tuvieran nada cerrado.
Cogió una cerveza y se sentó en la mesa, y aunque estaba muy caliente se la fue bebiendo mientras cenaba.

Toda su vida se había comenzado a desmoronar desde hacía casi dos años, y nada tenía que ver con Victoria, su esposa, divorciarse fue la mejor decisión que tomó, todo pasó después de aquello, cuando decidió que se merecía volver a vivir, lo curioso era que hasta que no había pisado este lugar secreto no había comenzado a respirar realmente.
Los ojos se le iban cerrando, tenía el cuerpo debilitado y dolorido después de haber conducido tantas horas, pero no había tenido más tiempo para limpiar al menos una habitación mas, sus hijos se despertarían si lo hiciera ahora. Limpió un poco como pudo el pequeño sofá, y estiró por encima unas sabanas, se durmió con las piernas encogidas Un poco más tarde un ligero contacto le despertó, era su hijo Daniel
-¿Papá?-susurró
-Dime, cariño, ¿que pasa?
-Vente a dormir conmigo, que aquí todavía huele muy mal
Miguel lo siguió hasta su nueva habitación, se estiró con él en la cama, y rápidamente se quedaron dormidos. Daniel abrazado por su padre. Marcos ni se enteró.


Final Capítulo 1

sábado, 1 de agosto de 2009

Valle Alto.- Capítulo 2

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CAPÍTULO 2.- Amanecer

El viento golpeaba bruscamente los cristales de las ventanas del número 23 de la urbanización Valle Alto, el cielo era negro casi en su totalidad, todo cubierto de nubes negras que avisaban de la proximidad de una fuerte lluvia. Uno de esos fuertes soplidos del viento hizo que crujiera el marco de la ventana de la habitación de Alejandro, e hizo que despertara del mundo de los sueños.
Miró el reloj digital que reposaba en su mesita de noche, varias rayas luminosas de color rojo marcaban un par de minutos por encima de las seis de la mañana. Exhaló un suspiro, sonrió, y se frotó la mano derecha contra los ojos, primero uno y después el otro, y estiró las extremidades. Sacó el pie derecho de la cama y lo apoyo contra el suelo, estaba helado, y lo volvió a introducir rápidamente en el interior de la colcha; se asomó desde allí e investigó la localización de las zapatillas de andar por casa. Se encontraban debajo de la cama, justo en la mitad de esta, se inclinó, metió los brazos y la cabeza entre el somier y el suelo, y estiró las manos… no llegaba, deslizó un poco los pies por la superficie de la cama para introducir un poco más de cuerpo, cuando la ley de la gravedad actúo y atrajo el cuerpo de aquel joven de apenas 16 años contra el suelo, y la cabeza se impulsó contra el somier. El suelo tembló al mismo ritmo que un estrepitoso sonido barrió toda la capa
-¡Ah!-gritó- me cago en mis… Maldita sea- colocó su mano sobre la zona dolorida, y cuando cayó en la cuenta de algo, se puso colorado; olvidó el dolor de inmediato como también de coger las dichosas zapatillas, y se levantó desde el suelo casi de un salto, miró hacía todas las direcciones, dentro del armario, a través del armario, etc… incluso barajó la opción de poner la habitación patas arriba para comprobar que no hubiesen cámaras ocultas que grabaran aquel episodio que tarde o temprano le pasaría factura, pero desistió la idea por estúpida.
Salió de la habitación, con las zapatillas puestas, efectúo una decena de pasos, se giró, abrió la puerta con delicadeza y la cerró de nuevo, era la habitación de Sergio. Saltó por encima de algunos objetos que se encontraba a su paso, calcetines, un par de libros, etc… Se estiró al otro lado y le comenzó a apalizar la modorra. Fue entrecerrando unos ojos que iban de un lado al otro. El sueño podía con él.
-Sergio- murmuró mientras le daba varios golpecitos con el brazo- es tarde
No recibió ninguna respuesta, optó por repetir el mismo proceso
-¡No!- respondió Sergio la segunda vez- ¡Cállate!
-Sergio- se preguntó como podía haber pronunciado esa palabra otra vez, la mano la tenía ya adormecida- tienes que trabajar
-Cállate una puñetera vez-gruñó- si no quieres volar escaleras abajo. Si quieres ir más temprano a mí trabajo y hacer horas extras por mí, coge el maldito coche, que las llaves están en el recibidor…-Alejandro ya no le escuchaba, estaba tronco- y no digas que es tarde, porque el despertador está siempre puesto a las 7:30 para que me dé tiempo a todo, incluso de ir a desayunar al bar de Sara, y tan solo son…-Abrió medio ojo y observó el despertador, o más bien el vació que había en el lugar, cerró el ojo, el peso del párpado rondaba la tonelada.
Paso un segundo, y otro más, y luego…


-Ahhhh!- un grito estridente salió de un cuerpo que se encontraba a varios decímetros de altura suspendido en el aire- ¡¡Que llego tarde!-Hasta ese momento había olvidado que él día anterior, de buena mañana, había estampado el despertador contra la pared. Cayó contra el colchón, Alejandro ni se enteró-Maldito, te dije que me despertaras - gruño saltó de la cama, y corrió despelotándose por el pasillo y se metió en el cuarto de baño.
Duró apenas diez minutos en afeitarse (con un par de cortes) y en ducharse, no sabía que hora era, solo que llegaba tarde, muy tarde. No encontraba ningún reloj, cuando las campanas de una iglesia algo cercana comenzaron a replicar, afinó el oído mientras contaba cada campanada con la mano. Terminaron y se miró los dedos, siete, solo habían siete dedos. Rezó porque no las hubiese escuchado todas, y cayó en la cuenta de que en la habitación de Alejandro había un reloj, tal vez el único, -está tarde compraré diez por lo menos,- se dijo. Subió serenamente las escaleras, marcando cada inspiración y cada expiración, relajándose a cada paso, pensando en pajaritos y cascadas o cualquiera de esas cosas que se usan para relajarse. Se introdujo a la habitación de Alejandro, dio pequeños pasos hacía la mesita de noche, cogió el reloj, marcaba un minuto después de las siete, suspiró dejó el reloj sobre la mesa, y salió de allí.
Alejandro seguía placidamente dormido, ingenuo de lo que le estaba sucediendo, mientras numerosos flashes destellaban en la habitación.
Un ligero sonido despertó a Alejandro, era el pitido del despertador que llegaba desde su habitación, se levantó, fue y lo apagó. Cuando se despejó un poco calló en la cuenta de dos cosas, la primera que su hermano no lo había apalizado después de haberlo despertado antes, porque al no encontrarlo en la cama, había supuesto que la broma había hecho que se levantara sobresaltado, sonrió, y la segunda que estaba percibiendo varios olores que no reconocía y no sabía de donde venían, lo dejó estar.
Cuando terminó de ducharse y vestirse para ir al instituto bajó a la cocina mientras se reía por lo bajo.
-Buenos días- dijo Sergio al verlo llegar
-Buenos días- respondió su hermano
-Hay zumo de naranja en la nevera-
Claro como has madrugado tanto, te ha dado tiempo-susurró Alejandro para sus adentros, y se le escapaba alguna que otra carcajada que no podía sujetar
Desayunaron tranquilos, y en ningún momento se comentó el tema de la broma madrugadora algo que a Alejandro le extrañó
-Ha sido buena la broma ¿verdad?-sonrió algo retraído
-Si- le devolvió la sonrisa- no ha estado mal
-¿No te enfadas?
-¿Por qué iba a enfadarme? Es una broma
-Porque te molesta que te despierten cuando no es la hora
- Eso no es verdad –corrigió Sergio
-¿Ah no?- soltó en tema irónico- Año 2001, primer día de 3º, con la señorita Pérez, te llamé diez minutos antes de que sonará el despertador, porque quería llegar a clase antes para coger el mejor pupitre, lejos de los macarras, y cerca de las ventanas, cogiste un cabreo que nos quedamos diez minutos en la esquina del colegio esperando para que llegase tarde. Año 2002 te desperté para que me llevaras a la parada de autobús que me iba de excursión de excursión, me quedé sin excursión. 3 meses después para ir a comprar un coche que era principalmente para ti, estuviste un mes sin comprarlo
-¿Pero a que jodió ir andando?-susurró
-¿Qué?
-Que no puedes catalogar a una persona de tener un mal despertar con solo tres insignificantes veces
-Llama a tu jefe y al instituto que hoy no vamos, y ponte cómodo que va para largo.
-No serán tantas
-Año 2002 el…
-Vale, vale- le interrumpió- lo asumo, tengo un mal despertar
-¿Mal?-
-Bueno, terrible-corrigió
-Mejor
-Pero hoy me lo he tomado bien- sonrió
-¿En serio?
- Si- respiró-
-Me alegro
Alejandro desvió la mirada, entonces Sergio quitó la sonrisa algo falsa y colocó la de venganza, está le era natural –Te vas a cagar-pensó, cuando Alejandro le volvió a mirar y tuvo que volver a colocar la sonrisa forzada
-¿Estás bien?-preguntó Sergio
-Perfectamente- respondió Alejandro-¿Por qué?
-Porqué tienes la frente colorada-
-No es nada- respondió- me abre rozado con algo- y giró la mirada
El reloj marcaba las nueve, hora en la que Sergio salía a trabajar.
Pocos días después de cumplir los dieciséis, Sergio dejó los estudios por dos motivos, porque se aburría solemnemente estudiando, y porque ya tenía edad para trabajar. Él siempre decía que pese a aburrirse había sacado muy buenas notas, y que eso tal vez porque en un periodo de su época era un superdotado colocado en un nivel inferior al suyo, Sergio y Alejandro siempre se reían, porque ambos sabían de sobras que el pasado de Sergio tenía capítulos enteros, de gamberrismo, drogadicción, robos, alcoholismo y un largo etc…
Pero cumplió los dieciséis y quiso vivir la vida a su manera, se puso a trabajar en un supermercado que aunque le pagaban una miseria le daba para pagar un piso compartido con un par de chicos, y para algo de comer. Dejó de meterse en follones, no tenía dinero para ello.
Se tiró tres años más en ese lugar, no le gustaba, pero era la vida que con esa edad quería tener. Lo que no sabía que en ese mismo momento, pasados tres años, la vida de la que huyó volvía para destruir la que tenía por aquel entonces, todo cambió por completo, nunca nada volvió a ser igual.

Cogió el maletín que tenía sobre la silla, se acercó a Alejandro y le plantó un beso en la frente a Alejandro que estaba con la mirada fija en una noticia del informativo matutino, y con un café en la mano, era adicto a él.

Sergio abrió la puerta, y se encontró un bulto recubierto de mantas en el felpudo, no había forma de saber donde estaba la cabeza. Miró al horizonte, entró en la casa de nuevo y fue a la cocina, Alejandro le miró dubitativo, mientras Sergio cogía una escoba

-¿Qué haces?- se sorprendió Alejandro
- Coger una escoba ¿No lo ves?
-¿Para qué?
-Para barrer- sonrió Sergio
-Ay que idiota soy- se golpeó la cabeza- y yo que pensaba que la escoba era para saltar a la comba
-Este niño es tonto-lanzó un murmullo, se volvió- haber explícamelo ¿Cómo vas a saltar a la comba con una escoba? ¿Esas tonterías dices en el instituto? ¿Tú que te piensas que tus brazos ruedan o qué?- se cayó un momento-¿Puedes hacerlos rodar? Porque si lo sabes hacer nos forramos. Primero pido una paga al gobierno por ti por que muy fino no estás, y después te vendo a un circo rumano- Alejandro suspiro y se puso a ver una pequeña televisión que había en la cocina- o chino, o mejor italiano, sea como fuere, ya que hay negocio venderé tu cuerpo que con 16 años estás apunto de llegar a tu edad más espléndida.
-Maldita sea la hora en la que se me escapó la ironía
-Haber-se puso ambos dedos índices en las sienes- estoy seguro que la mujer barbuda pujará por ti, pero no hay que olvidar que los enanos querrán carne joven
-Vas a llegar tarde a trabajar- advirtió Alejandro
-Que más da si no voy a trabajar nunca más, tú me vas a mantener el resto de tu vida- sonrió ante el gran plan que tenía en su mente cuando le llegó la gran inspiración- ¡Ostras! que no se me había ocurrido, te venderé al elefante
-¿Y como se supone que me vas a vender a un elefante?- preguntó desganado.
-Tú no te preocupes por eso que yo soluciono el asunto, y yo de ti y me preocuparía de otra cosa
-Haber ilumíname ¿De qué?-alzó la mirada y vio a su hermano con las manos en alto, no hizo falta nada más
-¡¡Agh!! Que asqueroso eres
-Te va a desfondar-y comenzó a reírse a carcajadas
-¿Ya se te ha pasado la crisis neurótica?
-Si-respondió- ¡Oh! No, no…
-Deja de imaginarme violado por un elefante
-Si no es por uno, es por dos-sonrió- ¡Dios! que flexible eres, y ¿como te puede caber todo eso?
Tras varios segundos
-¿Ya?
-Ejeje-
Bufó Alejandro
Está vez dejó pasar casi un minuto, Sergio llegaría muy justo a trabajar, pero estos inicios del día le alegraba todo lo que le quedaba de día, y el siguiente
-¿Y ahora?- preguntó Sergio
-Si
-¿De verdad?
-Si
-Mira que tienes imaginación, que cuando te das cuerda no paras- se descargó Alejandro
-¿Me estás llamando niñato?-
-Si
-Mira, si viene Dumbo con su familia al completo, no sabía volar pero estoy seguro que…Oh! Si- y volvió a poner las manos en el aire, marcando una medida
-Vale, ya vale, no eres un niñato
-¡Dumbo dame tu teléfono! Por si acaso…
-¿Qué haces con la escoba?- preguntó una vez más
-¿Otra vez?-resopló Sergio
-De acuerdo, perdón, pregunta mal efectuada ¿Qué vas a barrer con la escoba?
-Iba a saltar a la comba, ¿se puede barrer con esto?
-Eres insoportable-Sergio no paraba de reírse, incluso se le caían alguna que otra lágrima
-Hay un problema enorme, en la terraza,- esperó que Alejandro preguntara pero se había quedado en el segundo round- no sé si es un vagabundo- Alejandro se volvió con los ojos bien abiertos- o si es un gusano, aunque estoy convencido de que lo que es, un capullo integral con mantas en su cuerpo en vez de seda
Alejandro se levantó, no había caído en la cuenta de su otro hermano, y salió corriendo en su búsqueda
-No corras tanto que es mío- gritó Sergio- yo lo vi primero
-Cállate enfermo
-Simba- gritó Sergio mientras traspasaban la cocina
-¿Simba?
-En la primera película del Rey León, Dumbo visita a Simba, son amigos del alma, y le ha llamado, vamos que tiene el día libre y se ha apuntado a la orgía
-Lo jodido es que te lo crees y todo
-Y se toman un vermouth y unos panchitos observando como gateas y que no te podrás sentar en un año
Sergio intentó hacerle varias zancadillas a su hermano, y esté a su vez le tiraba casi todo lo que encontraba a su paso, cojines, el mando de la tele, etc… pero llegó antes a la puerta, un par de pasos antes, y la abrió
Sin duda era su hermano mayor, Ángel, escondido tras numerosas capas de mantas intentando paliar
-Ángel ¿Qué haces aquí?- estaba temblando de frío, no respondió
-Tú- gritó un par de veces Sergio, con el respectivo golpecito con la escoba, está vez si que despertó sobresaltado-¿Qué haces aquí?
-No podía dormir en el sótano- explicó
-¿Por qué?- preguntó Alejandro
-Por el maldito mapache, con esos ruiditos, como va mordiendo todo
Sergio dudó haber escuchado lo que había escuchado, si, lo ha dicho, pensó
-¡Jajaja!
-¿De que te ríes?-preguntó X se levantó
-No existe ningún mapache
-Claro que sí, yo lo he escuchado
-No sé que habrás escuchado, pero no existe, es lo que le decía a Alejandro para que no fuera solo al sótano
-Es verdad
-Os juro que lo he escuchado
-Y en todo caso-preguntó Sergio- ¿eres incapaz de haber llamado y te abro la puerta?- se volvió y se fue al coche para ir a trabajar
-Créeme, has hecho bien-pronunció Alejandro al oído de su hermano que entraba en casa, para entrar en calor.
-Te he escuchado-gritó Sergio- y compra mucha vaselina que también están invitados la Bestia, Timón y Pumba, y Pinocho, que es un niño, pero tiene una pedazo de nariz. Haber de donde sacó yo preservativos de ese tamaño